El fin del mundo como lo conocemos

Por: Andres Rojo Torrealba. Periodista y Comentarista Político. Quilpueíno.
Contrariamente a lo que se supuso que predijeron los mayas, el pasado día 21 no se produjo ninguna hecatombe de nivel planetario que pusiera en riesgo la existencia de la raza humana ni de ninguna otra especie, pero como estos tiempos de dudas y temores dan para todo no faltó quien advirtiera que se trataba de un cambio cultural, una especie de renacer de una consciencia que permitirá un mejor equilibrio entre los hombres y el planeta.
Por eso me llamó la atención un comentario en las redes sociales de un amigo de derecha que afirmó que no se había acabado el mundo “ni el modelo”.   Sin considerar que esta preocupación es diametralmente opuesta a las aspiraciones de quienes postulan una especie de mudanza espiritual, ¿es posible que se acaben los “modelos”, entendiendo como tales a un determinado ordenamiento político y económico?   Pareciera que no, dado que siempre existirá la necesidad de que la sociedad se organice de alguna manera y, hasta ahora, la historia ha mostrado que es posible que coexistan distintas alternativas, a pesar de que en determinados momentos una pueda predominar sobre otras.
La defensa de un determinado modelo -como lo hacía mi amigo- va complementada con la aspiración de otros amigos respecto al fin de ese mismo modelo (es una virtud tener amigos con distintos pensamientos), pero a la hora de ser realistas hay que decir que las diferentes formas de pensar respecto a cómo debiera organizarse la sociedad pueden seguir prolongándose en el tiempo con total independencia de que se materialicen o no en algún país concreto.
Incluso si se concretaran las aspiraciones de un tercer grupo de amigos, que podríamos denominar como los “místicos”, en cuanto a que el cambio sería espiritual, seguiría siendo necesaria una organización social y, por lo tanto, todos los aportes respecto a la manera en que esta pueda funcionar continuarían siendo útiles y esencialmente controvertibles porque nunca todos estarán completamente de acuerdo en una sola opción.
Al final, pareciera que todo cambia para seguir más o menos igual, y si no se ven grandes cambios la posibilidad de que todo siga igual es aún más elevada.
La pregunta no es entonces si se acabó el mundo como lo conocemos, ya que no se terminó el planeta ni la especie humana, si no si es posible que llegue a cambiar.   Desde esta perspectiva la siguiente pregunta es lógica y necesaria: ¿Para qué debería cambiar?   La repuesta es obvia: Para que el mundo sea más justo, para que todas las personas puedan tener lo necesario para su desarrollo, pero nuevamente esos propósitos son entendidos de distintas formas, todas ellas legítimas.

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