Me carga el 21 de mayo

 

Por: Andrés Rojo Torrealba. Periodista y comentarista político. Quilpueíno.
Y no es nada en contra de Arturo Prat y sus hombres (aunque me llama la atención que los latinoamericanos solamos celebrar más a los perdedores de las batallas que a los ganadores), sino por el famoso mensaje presidencial, que todos los años condena a los chilenos que no tienen televisión por cable a aguantar una cadena nacional televisiva de dos horas o más, llena de superficialidades y lugares comunes y repetidos.
En estos tiempos de modernidad, podría reemplazarse el discurso por una publicación en Internet, pero claro, nadie lo leería. La solución entonces es, simplemente, obligar al público a escuchar un discurso en el que rara vez existen sorpresas, salvo algún incidente que dura diez segundos y perfectamente se puede ver en los noticiarios a la noche.
En esencia, no se confía en el interés ciudadano que pueda tener la gente por informarse y, en vez de atraer su atención como tendrán que hacerlo cuando opere la inscripción automática y el voto voluntario, se asoma el pequeño dictador que tenemos todos los chilenos adentro y se obliga al público a escuchar las marchas y los discursos.
Lo demás es todo previsible: La gente gobiernista dirá que el discurso fue macizo, contundente y con una tremenda visión de futuro que demuestra la altura de estadista del Presidente de turno, y la oposición dirá exactamente lo contrario, además de insistir en que el grado de cumplimiento de las promesas oficialistas es mínimo.
Tampoco entiendo que la Armada tenga un feriado, igual que el Ejército, mientras los carabineros y los aviadores no tienen nada.   No es justo: O feriado para todos o día normal de trabajo para todos.
Pero el evento principal del día  suena a libreto archi conocido. Los días previos empieza la chimuchina de la gente que pide que el Presidente diga una cosa o no diga otra, los balances de los defensores y detractores sobre el grado de cumplimiento de las promesas, los llamados a manifestarse o no manifestarse, los que van, los que no van, y al día siguiente sólo quedan las fotos de los incidentes (si es que los hubo) y las imágenes de las piernas de alguna parlamentaria en Las Últimas Noticias.
Cero en participación ciudadana. A los millones de chilenos que ven la ceremonia por la tele no se les pide la opinión porque, al final, el 21 de mayo es un rito bastante vacío de contenido. Se le califica como un acto republicano, pero desde un concepto de República que data del siglo XIX y que no tiene mucha relación con una concepción más moderna que busca reemplazar la idea de la democracia representativa por la de la democracia participativa.

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